Cala Millor es un núcleo turístico enorme en la costa este de Mallorca. En invierno apenas viven aquí unas 6500 personas. Pero llega el verano y la cifra se multiplica drásticamente. Lo que atrae a tanta gente de toda Europa es bastante evidente al pisar la calle. Tienes casi dos kilómetros seguidos de arena fina y absolutamente todo tipo de servicios a un paso del agua. Nada de caminar con la sombrilla a cuestas por senderos complicados en pleno agosto. Aparcas el coche y en un par de minutos estás pisando la arena.
Los casi dos kilómetros de costa
Para entender cómo funciona esta zona hay que fijarse un poco en el mapa. La franja principal supera los 1,7 kilómetros de largo y cambia de nombre según el tramo. Empieza por el norte con el Arenal de Son Servera. Son unos 400 metros de costa. Aquí se construyeron los primeros hoteles y arranca un paseo marítimo larguísimo por el que es muy fácil caminar.
Luego la playa se hace mucho más ancha al entrar en la zona conocida como Playa de Sant Llorenç. Tienes unos 1200 metros por delante. La arena es muy blanca y el agua apenas cubre en la orilla. Por eso suele haber muchas familias con niños pequeños instaladas aquí desde primera hora de la mañana. Aunque los edificios conectan toda la costa de forma ininterrumpida, el ambiente cambia de una calle a otra sin que quede muy claro por qué.
El recorrido termina en Cala Nau. Es un rincón bastante más pequeño y recogido. Mucha gente ni siquiera llega caminando hasta este extremo sur. Esto deja un poco más de hueco libre para colocar la toalla.
La ruta hacia la Punta de n’Amer
Caminando hacia el sur desde Cala Nau verás que el paisaje cambia de golpe. Atrás quedan los edificios y empieza la Punta de n’Amer. Se trata de una península rocosa protegida como Reserva Natural. Un contraste absoluto con el asfalto.
Hay senderos de tierra marcados que atraviesan zonas de pinos y sabinas. El olor a matorral bajo se nota enseguida si sopla un poco el viento del mar. Al final del camino te espera el Castell de n’Amer. No te imagines un castillo enorme con almenas. Es una torre de vigilancia del siglo XVII de forma cúbica rematada con una especie de pirámide en el techo. La levantaron en su momento para vigilar y defender la costa de los ataques piratas. Puedes subir a la parte superior. Desde allí se controla toda la bahía de Cala Millor y te llevas una perspectiva limpia de toda la costa oriental.
Qué hacer cuando te cansas de la toalla
El mar en esta zona suele ser una balsa de aceite. Eso lo convierte en un sitio fácil para probar actividades acuáticas sin tener que pelear contra las olas. En la misma arena encontrarás casetas que alquilan material básico.
Tienen kayaks y tablas de paddlesurf. También ofrecen motos de agua o viajes en el clásico banana boat arrastrado por una lancha rápida. Si prefieres ir a tu aire basta con llevarte unas gafas de bucear. Los extremos rocosos de la cala tienen el agua lo bastante transparente para ver bastantes peces pegados al fondo. Desde la zona también salen barcos de excursión hacia otras playas cercanas. Operan además empresas de buceo para quienes buscan inmersiones más serias en aguas profundas.
Y cuando el sol baja la actividad se traslada al paseo marítimo. Se llena de gente buscando sitio para cenar. Los locales de la primera línea sirven desde arroces secos típicos hasta la clásica ensaimada de postre. Algunos chiringuitos ponen música en directo. Mientras tanto las tiendas de la calle principal encienden los letreros luminosos para los rezagados que deciden comprar algún recuerdo de última hora antes de volverse al hotel a dormir.
