Conducir desde Palma te llevará algo más de una hora. Llegas, aparcas el coche y lo primero que notas es la falta de arena. Aquí no encontrarás la típica playa dorada llena de tumbonas. Dos brazos de mar recortan la tierra creando un paisaje que recuerda mucho más a un fiordo escandinavo que al Mediterráneo habitual. Las paredes de piedra caliza caen a pico. Abajo del todo, el agua turquesa se abre paso por la ensenada natural.
Las escaleras y los barcos
Bajar hasta el nivel del mar exige usar las piernas. Las casas blancas se agarran a las rocas y están conectadas por escaleras muy empinadas. Fíjate en las puertas y las ventanas. Casi todas están pintadas en tonos azules o verdes intensos. El paseo discurre pegado al agua, donde a tu lado verás las casetas en las que los pescadores guardan sus cosas y que en algunos tramos del camino parecen estar a punto de caerse directamente al mar por lo estrecho que es el paso. En el agua flotan los llaüts tradicionales. Son barcas de colores vivos que se mecen muy despacio.
Es un lugar de trabajo continuo. Si bajas al puerto al amanecer, verás a los marineros desenredando las redes y descargando el pescado de la jornada. Las gaviotas montan guardia esperando cualquier descarte. Nadie presta atención a los visitantes, lo que le quita al pueblo cualquier sensación de ser un decorado para turistas.
Dónde bañarse y caminar
Olvídate de extender la toalla. Quien viene a nadar aquí se tira al agua desde las plataformas de roca que bordean la entrada principal del mar. El agua es completamente cristalina. Después del baño puedes coger el camino de ronda que lleva hasta el faro de Cap Blanc. Las vistas panorámicas desde lo alto del acantilado merecen la pena.
Pescado fresco y atardeceres
Comer junto al puerto significa probar la captura de esa misma mañana. Pide la caldereta de langosta. O un pescado a la sal. Los menús dependen de lo que haya entrado en las barcas unas horas antes. Y si decides alargar la tarde, notarás cómo cambia la luz. El sol bajo tiñe de naranja las fachadas blancas de las casas y el agua pierde el azul fuerte del mediodía para volverse dorada.
Cuándo ir y cómo moverse
Dejar el coche cerca del agua es difícil porque apenas hay sitio. Llegas por carretera desde Santanyí o Porto Cristo y el aparcamiento se acaba rápido. Por eso compensa venir a primera hora de la tarde. Otra opción es organizar el viaje para septiembre, o en los meses de mayo y junio, cuando el clima acompaña pero hay mucha menos gente. Las excursiones de un día se marchan antes de la cena. El pueblo se vacía bastante. Hay hostales y algunas casas rurales si pasas la noche allí, lo que te permite caminar por el puerto en silencio antes de que llegue el bullicio de la mañana siguiente.
