La vida en la ladera
Conducir por la Serra de Tramuntana exige paciencia. Y cuando por fin ves las casas de piedra de Deià apiladas en la ladera entre los olivos, entiendes el motivo de su fama. Es un lugar pequeño. Las calles empinadas te obligan a caminar despacio. Durante mucho tiempo este pueblo ha atraído a pintores y escritores que simplemente buscaban un sitio tranquilo para trabajar y montar sus talleres lejos del ruido de las grandes ciudades.
El escritor británico Robert Graves llegó aquí en 1929. Se quedó hasta su muerte en 1985. Su casa se llama Ca n’Alluny y la abren al público para visitas. Caminar por las habitaciones te da una idea exacta de cómo vivía alguien que necesitaba aislarse del mundo para escribir y organizar sus rutinas diarias con la luz natural que entra por las ventanas. La lista de vecinos dedicados al arte es larga. En la calle Sa Font Fresca estaba el taller del pintor ruso Norman Yanikun. Como algunos de estos negocios e iniciativas locales tienen ya más de una década de historia a sus espaldas, te conviene preguntar directamente en el pueblo si este espacio en concreto sigue funcionando como museo hoy en día.
La parte alta y los acantilados
La Iglesia de San Juan Bautista ocupa la zona más elevada. El edificio se levantó en el siglo XV. Su campanario era en realidad una torre de defensa. Justo al lado está el cementerio municipal donde está enterrado Graves. Las lápidas miran directamente al valle y al mar de fondo.
Abajo en las calles principales funciona el Museo Arqueológico dentro de un antiguo molino. Lo fundó William Waldren. Tiene piezas que explican quiénes vivían en la costa noroeste de Mallorca hace miles de años. Si sales del casco urbano por la carretera llegas a Son Marroig. Fue una de las posesiones del Archiduque Luis Salvador de Austria. Reconocerás la finca por la torre fortificada del siglo XVI y su diseño de estilo italiano. Alberga colecciones de cerámica antigua y a veces utilizan los salones para organizar conciertos de música de cámara.
La bajada al agua
Para llegar al mar hay que tomar un camino de bajada lleno de curvas. Cala Deià aparece al final del trayecto. No hay arena. Es una cala de cantos rodados que resultan bastante incómodos si intentas caminar descalzo hasta el agua. Hay antiguas casetas de pescadores construidas sobre las rocas. En su época se reconvirtieron en restaurantes muy populares. Tendrás que comprobar al llegar si esos mismos locales de hostelería continúan abiertos al público actualmente. El agua es completamente transparente y perfecta para hacer snorkel.
Un poco más allá asoma la Roca de sa Foradada. Es un peñasco gigante con un agujero natural en el centro. La gente de la zona suele acercarse a este mirador a última hora de la tarde para ver cómo se esconde el sol sobre el Mediterráneo.
Coches y horarios
Dejar el coche en Deià durante los meses de verano es complicado. Las plazas son muy limitadas. Intenta usar las zonas de aparcamiento habilitadas a la entrada del pueblo en lugar de meterte por las calles del centro. Evita llegar a las doce del mediodía en temporada alta si no quieres dar vueltas en balde.
La Oficina de Turismo está en el mismo edificio del Ayuntamiento. Pásate por allí primero para confirmar los horarios actuales de los museos y las exposiciones temporales. Así evitas encontrarte la puerta cerrada después de haber hecho la caminata hasta la entrada.
