Mallorca tiene calas preciosas. Y mucho sol. Pero la historia de la isla va bastante más allá de la arena y el agua salada. Estar justo en medio del Mediterráneo tiene un precio. Durante siglos, todo el que navegaba por esta zona quería controlar este trozo de tierra. Vas a notar esa mezcla de influencias por todas partes. Diferentes civilizaciones ocuparon el territorio y dejaron su marca en los edificios o en la forma de cultivar. Entender de dónde viene todo esto cambia por completo la manera en la que ves la isla hoy.
Los constructores de talayots
Las primeras personas llegaron aquí hacia el 5000 a.C. Mucho después, alrededor del 2000 a.C., el panorama cambió con la aparición de la cultura talayótica. Dejaron tras de sí unas torres de piedra enormes que hoy conocemos como talayots. Pasear por los restos de Capocorb Vell una mañana de martes te da una idea de lo masivas que eran estas estructuras. Nadie sabe con seguridad para qué servían exactamente. Las levantaban sin usar argamasa y ahí siguen. También puedes ver taulas en forma de T y navetas funerarias en yacimientos como Ses Païsses. Es piedra seca amontonada con una precisión que cuesta entender hoy en día.
De Roma a Medina Mayurqa
Los piratas controlaban la zona hasta el 123 a.C. Ese año llegaron los romanos y acabaron con el problema de golpe. Decidieron fundar un par de ciudades que siguen siendo clave. Una es Palma, que ellos llamaban Palmaria. La otra es Pollentia, justo al lado de Alcúdia. Allí puedes caminar entre las ruinas de su teatro y su antiguo foro. El siguiente gran salto tardó en llegar. En el año 902 la conquista árabe transformó la isla en Medina Mayurqa. Trajeron sistemas de regadío muy avanzados. El agua empezó a llegar a zonas secas y modificó el paisaje agrícola para siempre. Queda poco de esa época en pie. El entramado de calles estrechas del casco antiguo de Palma es suyo. Los Baños Árabes sobrevivieron casi intactos a todo lo que vino después y te puedes asomar a verlos un rato.
El reino medieval
Jaime I de Aragón apareció en 1229. Conquistó la isla y repartió las tierras instaurando un sistema feudal. Así arrancó el Reino de Mallorca. La época de mayor riqueza vino justo después con su hijo Jaime II al mando. Casi todo lo grande que ves hoy en la capital empezó a construirse en esos años. La Catedral de Santa María, conocida como La Seu, empezó a levantarse tras la conquista aunque tardaron siglos en terminarla. Al lado está el Palau de l’Almudaina. Antes era un alcázar musulmán y lo convirtieron en palacio real. Y luego tienes el Castell de Bellver vigilando la bahía. Es totalmente redondo. Una rareza arquitectónica que lleva ahí plantada desde el siglo XIV.
El salto al turismo
Pasaron varios siglos complicados. Hubo revueltas y escasez. La economía dependía básicamente de la tierra y de un comercio marítimo modesto. En Manacor empezaron a fabricar sus famosas perlas. Pero la verdadera sacudida ocurrió en el siglo XX. Llegó la década de 1960. Aterrizaron los primeros vuelos chárter llenos de europeos buscando buen clima y la situación cambió drásticamente. La isla empezó a construir infraestructuras a toda velocidad para alojar a todo el mundo. Hoy el sol y la playa siguen siendo el motor principal de todo esto. Queda mucho margen para ver otras cosas si te alejas de la costa.
La historia en la calle
Toda esta mezcla de siglos está ahí fuera. No hace falta meterse en un archivo para verla. Puedes acercarte a uno de los yacimientos prehistóricos y ver cómo vivían los primeros habitantes del Mediterráneo. Si prefieres la ciudad, el centro de Palma te ofrece un contraste constante. Caminas por calles estrechas de origen árabe y de repente te topas de frente con la sombra gigante de una catedral gótica.
Salir de la capital también tiene premio. Muchas de las fincas de agroturismo actuales son antiguas posesiones agrícolas. Pruebas productos locales sentado en un patio que lleva siglos en el mismo sitio. También hay museos de arte contemporáneo metidos dentro de edificios puramente históricos. Vas sumando estos detalles y te das cuenta de que cada rincón tiene su propia versión de los hechos.
